Reflexión

LA ESPIRITUALIDAD, DIMENSIÓN FUNDAMENTAL DEL SER HUMANO de Juan José Tamayo

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría”. Universidad Carlos III de Madrid

 

                  ¿Hay lugar para la espiritualidad en la era de la ciencia, de la técnica, de la cibernética, de la informática, de la comunicación, de la tecnología, de la revolución científica, de la revolución ecológica, del homo sapiens-sapiens, del homo informaticus, del ser humano productor y consumidor? Soy consciente de que la pregunta misma ya es incómoda, provoca malestar e incluso indignación en determinados sectores sociales, sobre todo los liberales, y de que la respuesta políticamente correcta tendría que ser negativa: ni hay lugar para la espiritualidad, ni tiene por qué haberlo. Sin embargo, yo creo que es en la espiritualidad –aunque no solo en ella- donde se juega la verdadera identidad del ser humano, su humanización o deshumanización. Por eso, aun a sabiendas de que voy a contracorriente y de que me muevo dentro de lo políticamente incorrecto, mi respuesta coincide con la de André Malraux, aplicándola al siglo XXI: “el siglo XX será espiritual o no será”, y con la del teólogo Karl Rahner: “El siglo XXI será místico o no será”.

La espiritualidad es una dimensión fundamental del ser humano. Le es tan inherente como la corporeidad, la sociabilidad, la praxicidad, la subjetividad, la historicidad, la comunicabilidad. Pertenece a su sustrato más profundo. El ser humano no puede renunciar a ella, como tampoco a las otras dimensiones citadas. De lo contrario caería en la reducción unidimensional, sobre la que llamara la atención críticamente Herbert Marcuse en su libro El hombre unidimensional. Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada (Seix y Barral, Barcelona 1970). Ahora bien, la espiritualidad no es independiente de otras dimensiones. Una espiritualidad desvinculada del cuerpo desemboca en espiritualismo; desconectada de la razón, acaba en sentimentalismo; sin relación con la praxis, termina siendo pasiva; desarraigada de la historia, es evasión de la realidad; sin subjetividad, es impersonal; sin sociabilidad, desemboca en solipsismo.

La espiritualidad posee autonomía y no puede reducirse a, deducirse mecánicamente de o identificarse miméticamente con las condiciones materiales de existencia sin más. Sería achicarla, instrumentalizarla, ponerla al servcio de intereses espurios. Pero la autonomía es, ciertamente, relativa, ya que se sustenta en las condiciones en que vive el ser humano: políticas, sociales, económicas, culturales, biológicas, al tiempo que las ilumina y transforma. De lo contrario caería en el espiritualismo.

Es necesario, por ello, evitar dos peligros: la separación absoluta de la espiritualidad de las demás dimensiones del ser humano, que, siguiendo la tradición de la antropología platónico-agustiniana, desembocaría en dualismo, y la identificación con dichas dimensiones, formando un todo indiferenciado. La relación entre las diferentes dimensiones del ser humano es dialéctica: todas ellas son co-determinantes y se co-determinan. Entre lo espiritual y lo material se da una unidad diferenciada, afirman Ignacio Ellacuría (“Espiritualidad”, en J. J. Tamayo, dir., Nuevo diccionario de teología, Trotta, 20014, 2ª ed.). (Liberación con espíritu, Sal Terrae, Santander, 1990).

La espiritualidad es una dimensión fundamental del cristianismo. El “espíritu” significa dinamismo, vida, soplo, vitalidad, libertad. Así entendido, el espíritu ha mantenido vivo el cristianismo en medio de las múltiples crisis por las que ha pasado, al tiempo que ha evitado que la Iglesia cristiana fuera solo una institución desprovista de espiritualidad. Los movimientos de renovación espiritual, muchos de ellos considerados herejes, han salvado a la Iglesia de confundirse con el poder y la han liberado de verse fagocitada por las fauces de los poderosos. ¿Ejemplos? Las órdenes mendicantes, las beguinas, las corrientes místicas, los valdenses, etc.

La espiritualidad es también una característica fundamental de la teología de la liberación, a la que, sin embargo, se le suele acusar de estar demasiado politizada, de que sólo tiene un proyecto temporal y de que ha puesto entre paréntesis la trascendencia. ¿Son así las cosas? Yo creo que esa imagen del cristianismo liberador es una caricatura que no responde a la realidad. Gustavo Gutiérrez no se ha cansado de decir: “Nuestro método es nuestra espiritualidad”. Y es verdad. En el origen de la teología de la liberación y en el centro de su contenido se encuentra la espiritualidad del éxodo, de la resistencia, del camino.

La espiritualidad no es una dimensión independiente de la liberación, como el espíritu no está separado de la totalidad del ser humano. Espiritualidad y liberación se complementan y enriquecen. El teólogo hispano-salvadoreño Jon Sobrino habla de la necesidad de imbuir de espíritu la práctica de la liberación, de la necesidad de unir espíritu y práctica. “Sin espíritu –afirma-, la práctica está siempre amenazada de degeneración; y sin práctica, el espíritu permanece vago, indiferenciado, muchas veces alienante” (Liberación con espíritu, Sal Terrae, Santander, 1990). No es posible la vida espiritual sin vida real e histórica, como tampoco vivir con espíritu sin que éste se haga carne, se encarne en la historia.

Coincido con Roger Garaudy en que la espiritualidad es “el esfuerzo por hallar el sentido y la finalidad última a nuestras vidas” y, así entendida, puede vivirse, y de hecho se vive, en las diferentes sabidurías y filosofía, religiosas o no (Diálogo de civilizaciones, Cuadernos para el Diálogo, 1977). Por ejemplo, en el budismo, en medio del silencio de Dios; en el toaísmo, viviendo conforme a la naturaleza; en el confucianismo, comportándose con el prójimo como nos gustaría que el prójimo se comportara con nosotros; en el hinduismo, conforme al principio de la no-violencia activa de Gandhi, que venció al colonialismo sin recurrir a las armas; en la filosofía Ubuntu, que se guía por el principio identitario de la alteridad expresado en la máxima “yo soy si tú también eres”; en la utopía de la Tierra sin Males de los guaraníes y en el Sumak Kawsay y el Sumak Kamaña de los aymaras y de los quechuas, que viven una la relación armónica con la Madre Tierra, con los demás seres humanos, vivos y muertos, y con la deidad o las deidades, masculinas y femeninas; en el Popol Vuh de los mayas; en las religiones ancestrales de África, en permanente contacto con la naturaleza, de donde extraen los frutos para vivir, convivir y compartir, pero también las energías telúricas ocultas para interpretar la realidad. Es la espiritualidad la que puede liberarnos de lo que el propio Garaudy llama el “suicidio planetario” (Diálogo entre oriente y Occidente, El Almendro, Córdoba, 2002).

Ahora bien, la espiritualidad vive hoy una serie de patologías que la desdibujan y falsean de manera extrema, al tiempo que la alejan de su función liberadora y trasformadora. He aquí algunas:

– la espiritualidad entendida y practicada como negocio y sometida al asedio del Mercado;

– la espiritualidad manipulada políticamente por intereses espurios de los poderosos, que la ponen a su servicio;

– la espiritualidad vivida y practicada patriarcalmente en la mayoría de las religiones a imagen y semejanza del varón bajo la dictadura del patriarcado, que establece que “si Dios es varón, el varón es Dios” (Mary Daly);

– la espiritualidad uniforme y monolítica en los discursos identitarios cerrados y en los diferentes monoteísmos, religiosos o no, que desembocan en fundamentalismos y, a la postre, en guerras de religiones;

– la espiritualidad sin e(E)spíritu, sometida al control de las instituciones;

– la espiritualidad solipsista y despolitizada;

– la espiritualidad desvinculada de la naturaleza.

Estas patologías de la espiritualidad, lejos de humanizar, lo que hacen es deshumanizar

La diversidad cultural, religiosa y ecológica de nuestro mundo y de nuestras sociedades requiere replantear la espiritualidad en torno a nuevas claves, cuales son la inter-identidad, la interculturalidad, la inter-espiritualidad, la inter-liberación, la feminista, la espiritualidad vivida en el mundo de la marginación, la espiritualidad cósmica y la espiritualidad laica.

Inter-identidad. No existen identidades puras, incontaminadas. La identidad se construye en diálogo y apertura con otras identidades. El hecho de que yo descubra mi propia identidad, afirma Charles Taylor, no significa que la haya elaborado en el aislamiento, sino que la he negociado y construido por medio del diálogo, en parte abierto, en parte interno, con los demás, con los entornos en los que vivo. Mi propia identidad depende, de manera crucial, de mis relaciones dialógicas con los demás y se traduce en inter-identidad (La era secular, Gedisa, Barcelona, 2014). Esto es aplicable a las cosmovisiones, civilizaciones, culturas, religiones. También a la espiritualidad, que, en un clima intercultural e interreligioso desemboca en una interespiritualidad trangresora de fronteras.

                  Inter-liberación. La inter-espiritualidad debe integrar los diferentes caminos y dimensiones de la liberación: personal y comunitario, individual y colectivo, político y económico, personal y estructural, cultural y religioso, ético y estético.

                  Espiritualidad feminista. Esta espiritualidad empieza por cuestionar las formas clásicas –mayoritariamente masculinas y autoritarias- de representación de lo divino, y las concepciones antropológicas del eterno femenino, que consideran propio y específico de la espiritualidad de las mujeres una vida religiosa de renuncia, resignación, obediencia, sumisión, desprecio del propio cuerpo y negación de los placeres. En positivo, la espiritualidad feminista considera a las mujeres como sujetos que viven la experiencia religiosa desde su propia subjetividad, sin aceptar mediaciones clerical-patriarcales o jerárquico-institucionales.

                  Espiritualidad cósmica. Es la espiritualidad vivida en permanente relación-comunicación con la naturaleza, de la que formamos parte. Somos la Tierra que anda, cantaba Atahualpa Yupanki; la Tierra que piensa, que ama, que sueña, que venera, que cuida, afirma Leonardo Boff. Es la espiritualidad vivida eco-teo-humanamente en armonía con la Pacha Mama, en diálogo con los ancestros.

                  Espiritualidad laica. Hay una tendencia a situar la espiritualidad en el terreno religioso y a excluirla del mundo de la laicidad  en general y de la increencia en particular. A las personas no religiosas se las considera individuos sin espiritualidad. Se trata de estereotipos que no admiten ni la prueba ni de la teoría ni la de la práctica. Como veíamos al principio, la espiritualidad es una dimensión fundamental, constitutiva del ser humano, de todos los seres humanos. El teólogo José María González recordaba que en los diálogos cristiano-marxistas de la década de los sesenta del siglo pasado eran los propios marxistas quienes pedían a los cristianos que no maltratan el misterio, que lo respetaran porque es la fuente de toda espiritualidad, religiosa o laica (Dios es gratuito, pero no superfluo, Marova, Madrid, 1970).

                  Yo mismo he descubierto una inagotable fuente de espiritualidad en la obra literaria, en la reflexión antropológica y en mi relación personal con José Saramago, quien definía a Dios como “silencio del universo” y al ser humano como “la voz que da sentido a ese silencio”. Permítaseme reproducir mi conversación con Saramago en la que yo le recordaba su propia definición de Dios y del ser humano. Caminábamos por la ciudad de Sevilla el 11 de enero de 2006 en dirección al paraninfo de la Universidad de Sevilla para participar en un Congreso sobre Interculturalidad y modernidad. A las 9 en punto de la mañana pasamos por la plaza de la Giralda y empezaron a repicar alocadamente  las campanas. “Tocan las campanas porque pasa un teólogo”, dijo Saramago, dirigiéndose a mí y a Pilar del Río y a Sofía Gandaria, que nos acompañaban. “No –le respondí-. Tocan las campanas porque un ateo está a punto de convertirse al cristianismo”. “No –me espetó-. Ateo he nacido, ateo he vivido y ateo moriré”. A lo que yo le repliqué: “Dios es el silencio del universo, y el ser humano, la voz que da sentido a ese silencio”. “Esa definición de Dios es mía”, dijo reaccionando como un resorte. “Por eso te la he citado –le contesté. Pero esa definición está más cerca de un místico que de un cristiano”.

La espiritualidad así entendida nos hace más humanos, más ecológicos, más profundos, más solidiarios, más auténticos, menos unidmensionales.

 

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